Falacia de la subsunción.

El esquema general de esta falacia es: Tal, entonces solo tal. Por ejemplo: Te pasa que has dormido mal (ergo solo te pasa que has dormido mal), y como no es para tanto, eres un quejica. Eres un judío, por tanto eres solo un judío (y de ninguna forma también peluquero). Eres un hombre, por tanto eres tan solo un hombre. Eres una mujer, por tanto eres solamente una mujer. 

Este último caso me interesa particularmente, porque tengo la impresión de que el movimientillo feminista de mi antiguo instituto puede estar corriendo el peligro de subsumir a sus miembros en su identidad sexual, al organizar, por ejemplo, espacios de sorodidad. La alternativa sería proporcionar un espacio en el que ser mujer u hombre fuese incidental.

"Nos equivocaríamos también si hablásemos de un «feminismo» cínico-estoico. Lo que las dos escuelas preconizan es precisamente el rechazo a tener en cuenta a la mujer en cuanto a tal", se lee en El mundo helenístico: cínicos, estoicos y epicúreos. Esta propuesta me resulta mucho más intelectualmente satisfactoria que la anterior.

Como con cualquier caracterización de una falacia, la anterior reflexión nos permite entender dónde falla y defendernos al encontrarla rumiando por la naturaleza. En este caso, nos permite responder a los argumentos del tipo "Y si tuvieras dos personas iguales excepto en tal característica, ¿a cual elegirías?". Aquí, aceptar la aparentemente inocente premisa: que sea hipotetizable la existencia de dos personas idénticas excepto en lo que a un cierto rasgo se refiere, sienta las bases para subsumir a ambos sujetos hipotéticos en el la característica que los distingue, y a partir de ello, subsumir a sujetos no hipotéticos. Así, no debemos caer en la trampa de pensar que de una respuesta afirmativa a las tres siguientes preguntas se sigue asentimiento a la cuarta y a la quinta:
  1. Entre alguien con o sin gafas, a igualdad de todo lo demás, ¿elegirías al segundo?
  2. ¿Entre tener o no tener gafas, preferirías no tener gafas?
  3. Entre que toda la sociedad tuviera gafas o que no tuviera gafas, ¿elegirías lo segundo?
  4. Entonces, ¿alguien que tiene gafas es mejor que alguien que no tiene gafas?
  5. Entonces, ¿si al elegir entre dos candidatos solo supieras que uno tiene gafas y otro no, elegirías al segundo?
Y a aquellos que describiesen el matiz entre ambas como una mera minucia no podríamos sino presentarles la siguiente situación: Una conversación con un genio de la botella maligno, aquel que interpreta de forma literal lo que se le pide, de la peor forma para el que lo hace:

Pregunta 5)
GM: Hay dos personas que quieren compartir piso contigo. ¿Quieres que te diga algunos datos?
Adelante.
GM: Uno de ellos siempre ha sido amable con los animales, mientras que al otro le han sido más bien indiferentes. ¿A quién eliges?
Elijo al que es amable con los animales.
GM: Otro que cae.

Pregunta 1)
GM: Tienes que elegir como compañero de piso entre dos candidatos, que son en todo iguales a excepción de que uno siempre ha sido amable con los animales.
Elijo a este último.
GM: Podría haber sido peor; podrías tener a un Hitler que además torturara a tu gato.


Así, en general, si la importancia de lo que conoces es insignificante en comparación con la variabilidad esperada de lo que no conoces, no es estúpido negarse, por principio, a subsumir: tirar una moneda. Esto, por supuesto, parecerá obvio si no se conoce el sesgo de retrospección. Respecto de la racionalidad de este comportamiento, termino con las palabras de Daniel Kahneman (cita en español aquí):
Stereotyping is a bad word in our culture, but in my usage it is neutral. One of the basic characteristics of System 1 is that it represents categories as norms and prototypical exemplars. This is how we think of horses, refrigerators, and New York police officers; we hold in memory a representation of one or more “normal” members of each of these categories. When the categories are social, these representations are called stereotypes. Some stereotypes are perniciously wrong, and hostile stereotyping can have dreadful consequences, but the psychological facts cannot be avoided: stereotypes, both correct and false, are how we think of categories.

You may note the irony. In the context of the cab problem, the neglect of base-rate information is a cognitive flaw, a failure of Bayesian reasoning, and the reliance on causal base rates is desirable. Stereotyping the Green drivers improves the accuracy of judgment. In other contexts, however, such as hiring or profiling, there is a strong social norm against stereotyping, which is also embedded in the law. This is as it should be. In sensitive social contexts, we do not want to draw possibly erroneous conclusions about the individual from the statistics of the group. We consider it morally desirable for base rates to be treated as statistical facts about the group rather than as presumptive facts about individuals. In other words, we reject causal base rates.

The social norm against stereotyping, including the opposition to profiling, has been highly beneficial in creating a more civilized and more equal society. It is useful to remember, however, that neglecting valid stereotypes inevitably results in suboptimal judgments. Resistance to stereotyping is a laudable moral position, but the simplistic idea that the resistance is costless is wrong. The costs are worth paying to achieve a better society, but denying that the costs exist, while satisfying to the soul and politically correct, is not scientifically defensible.

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